Él no se fue por un cáncer, mucho menos por algún otro tipo de enfermedad. Se fue, por decirlo de alguna manera, por voluntad propia y ni siquiera eso. Se lo llevaron... Un niñato, un ignorante, un imbécil con un coche... ¿Cómo fue capaz de subirse a ese coche? Nadie se lo explica, y mucho menos los que le queríamos, los que éramos felices simplemente porque le veíamos sonreír, ¿Y ahora, qué? Únicamente nos queda consolarnos con las fotos suyas que guardamos... Otra manera de verle sonreír, pero al fin y al cabo solo un trozo de papel o una imagen en formato JPEG dentro de un ordenador. Nada que pueda compararse con la calidez real que su sonrisa desprendía. Un simple pedazo de él, inmutable en el tiempo excepto por el tono amarillento que irá adquiriendo o, sencillamente, porque otros archivos acumulados en el disco duro irán dejando atrás esa imagen suya... Salió una noche a divertirte con sus amigos, bebieron, bailaron... ¡Incluso llegó a hacer las paces con esa amiga suya con la que hacia tanto que no hablaba! Y simplemente no volvió a casa... ¿por qué? Pues por que decidió subirse al coche de un adolescente borracho. Borracho y además fumado. ¿Cómo se les ocurrió? A él, y a los otros dos, igual de inconscientes que él. Y el conductor, el adolescente borracho y fumado, ¿Cómo permitieron que cogiera el coche? ¿Cómo es posible que no hubiera nadie allí capaz de reconocer en el nefasto estado en que se encontraba como para conducir? Cualquier persona cuerda hubiera sido capaz de impedirles coger ese coche, pero simplemente no tenían razones para hacerlo, eso o que, como ellos, estaban anonadados debido al efecto del alcohol en sangre... O igual el genial conductor quería impresionarlos a todos, quería demostrar lo valiente que era atreviéndose a hacer frente a los controles de la policía, atreviéndose a hacer frente a los peligros de una carretera oscura y llena de curvas... ¡Quien sabe en qué locuras estaría pensando! Y ahora, mientras el muy desgraciado se debate entre la vida y la muerte en la habitación de un hospital, los que le hemos perdido intentamos consolarnos de la manera que podemos, por muchas ganas que tengamos de tomarnos la justicia por nuestra mano para cobrarnos la deuda. Seguimos adelante, al tiempo que la rabia se nos come por dentro. Y a mi más que a nadie, porque ninguno de sus amigos lo sabe, pero yo me enamoré de él. Me enamoré de su sonrisa, de su piel morena, de sus ojos oscuros, de sus manos firmes, y ni siquiera tuve el valor para acercarme a él y mostrarle mis sentimientos. Un acelerón de más y un giro de volante le apartaron del mundo, algo tan sencillo como eso es lo que me ha quitado para siempre la oportunidad de hacerlo ¡Que tonta fui! Lo que hace el miedo, ¿verdad? Ni siquiera fui capaz de ir a decirle el último adiós, también por que para mí nunca dejará de existir, aunque ya no esté presente.
Aparte de eso, me siento culpable de lo que le pasó. Me siento culpable por tener la sensación de que ese día algo malo iba a pasar. ¿En qué cabeza cabe que iba a ser algo así? Ni yo misma, ni sus padres, a quienes han destrozado toda alegría, ni sus amigos, familiares y demás nos explicamos ni cómo ni porqué, aunque nos lo seguiremos preguntando hasta que la rabia se consuma y el dolor haya menguado. Y eso no va a devolverle a nosotros y mucho menos nos quitará las ganas de hacer justicia, aunque éticamente no sea correcto.
Ojalá pudiera hacer posible un último favor: allí donde esté que siga regalando su sonrisa a los que la necesiten y que nos dé fuerzas a los que desde aquí seguimos queriéndole. Fuerzas para luchar por nuestros sueños y por lo que él no pudo luchar. Sigues y seguirás entre nosotros y eso no nos lo va a quitar nadie por que la muerte de alguien como TÚ, y además tan joven, no deja indiferente a nadie.
Te quiero, y te hecho de menos.
Sempre als nOstres cOrs...


